El reflejo de la luna se desdibujaba sobre el agua oscurecida.
Se distinguían luces a lo lejos. Luces de ciudad insomne. De ciudad viciosa y sofocante. Esa devoradora de gente alterada e indolente.
Cada vez que inspiraba sentía el salitre. Solo se dedicaba a observar la oscuridad, o tal vez, miraba sin ver.
El aire fresco de la noche lo envolvía, lo acunaba de una forma cariñosa, un tanto irreal.
La arena a su alrededor, blanca, húmeda y fría era el sostén para su pesado cuerpo, casi sin fuerzas. No quería moverse, si fuese por él se quedaría ahí para siempre, observando la nada, observando su vacío, desprovisto de todo. Solo el silencio.
Pasos amortiguados lo obligaron a darse vuelta y vio una sombra acercándose a la orilla. Pudo entrever un vestido ondeando al viento. Luego, una larga cabellera.
La sombra llegó a la orilla y se mojó los pies. Ahí se quedó, estática.
Él pudo sentir su pesar.
Tomó una bocanada de aire e intentó levantarse, pero no podía sentir el cuerpo. Estaba adormecido, inerte.
Intentó una vez más, pero fue en vano.
Volvió a levantar la vista para mirar la sombra. Seguía ahí, como un faro en la noche.
Le dieron ganas de tocarla, de decirle que no lo hiciera, de ayudarla, de sentirla en sus manos, volátil.
La vio moverse, y poco a poco, se fue adentrado a la negrura violenta. Esa salvaje de boca espumosa.
El agua la fue tapando hasta hacerla desaparecer.
Luego, el hombre, se dejó llevar, esperando su turno.

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